RESEÑA DEL BLU-RAY "JUEGOS PERVERSOS (BRAID) DE RESEARCH ENTERTAINMENT
Braid (Juegos perversos, 2018) es una propuesta de terror psicológico profundamente autoral que se mueve entre el thriller, la fantasía oscura y el horror existencial, confirmando el debut de Mitzi Peirone como una de las voces más personales del cine de género independiente reciente. Lejos de los códigos convencionales del terror comercial, la película plantea una inquietante reflexión sobre la identidad, la percepción de la realidad y el poder , y el peligro, de vivir atrapados en los mundos que inventamos para sobrevivir.
La historia sigue a Petula y Tilda, dos amigas que huyen desesperadamente tras un fallido golpe relacionado con el narcotráfico. Con una deuda imposible de saldar y la policía pisándoles los talones, buscan refugio en la aislada mansión de Daphne, una antigua amiga de la infancia que vive recluida en un universo propio, detenido en el tiempo. Lo que comienza como una típica premisa de “home invasion” pronto muta en algo mucho más perturbador: un juego de roles enfermizo donde Daphne impone una ficción doméstica , madre, hija y médico, que las tres deben interpretar para acceder a la caja fuerte de la casa. A partir de ahí, la película se transforma en un descenso a un laberinto mental donde realidad, fantasía, infancia y trauma se entrelazan hasta volverse indistinguibles.
En Braid, la casa no funciona como un simple escenario, sino como una arquitectura mental: un refugio construido a base de miedo, trauma y repetición. No es una prisión impuesta desde fuera, sino un espacio elegido, levantado ladrillo a ladrillo por la necesidad de seguridad emocional. La película sugiere que muchas de las trampas que nos inmovilizan , trabajos que odiamos, relaciones tóxicas, vidas que no nos representan, no existen tanto en el mundo material como en nuestra forma de percibirlo. El encierro, en este sentido, no es físico: es psicológico.
Uno de los gestos más inquietantes del film es su negativa a establecer una frontera clara entre sueño y realidad. Braid opera desde la lógica de la memoria, no desde la del hecho objetivo: recuerdos, fantasías y experiencias reales se almacenan en el mismo espacio emocional y, por tanto, tienen el mismo peso. La película juega con esa inestabilidad de la percepción para recordarnos que la realidad no es un bloque sólido, sino una construcción filtrada por nuestros sentidos, nuestras heridas y nuestra imaginación. No se trata de preguntarse qué es real, sino por qué necesitamos creer que algo lo es más que otra cosa.
El título Braid (trenza) funciona como una potente metáfora: tres mujeres, tres personalidades fracturadas, tres maneras de enfrentar el miedo y el deseo de seguridad. La película se articula como una especie de cuento de hadas retorcido, una Alicia en el País de las Maravillas psicótica y violenta, donde la casa se convierte en un escenario teatral y las protagonistas en actrices de una obra que nunca termina. La directora Mitzi Peirone bebe abiertamente de la tragedia griega, del mito, del existencialismo y de la filosofía , desde Platón y la caverna hasta el budismo y la idea de que la realidad se construye a partir del pensamiento, para construir un relato circular, sin redención clara, donde el viaje del héroe no se cierra, sino que se repite como un bucle enfermizo.
La imaginación aparece así como una fuerza ambigua: capaz de salvar, pero también de condenar. Es el motor que permite reinventarse, pero también el mecanismo que justifica la inercia y el autoengaño. Las protagonistas no buscan dinero ni poder; buscan protección frente a la incertidumbre del mundo exterior. Permanecer en el juego, incluso cuando es cruel y violento, resulta menos aterrador que enfrentarse a la posibilidad de fracasar, de no ser excepcionales, de no saber quiénes son fuera de esa ficción compartida.
Por eso la violencia de Braid nunca es plenamente realista: es ritual, teatral, casi infantil. Como en un juego que se ha prolongado demasiado, las consecuencias parecen graves pero nunca definitivas. Incluso la muerte pierde su carácter de cierre y se convierte en reinicio. La película no ofrece una salida clara porque su verdadera pregunta no es cómo escapar, sino si realmente queremos hacerlo. Y en esa ambigüedad incómoda , entre la lucidez y el autoengaño, reside gran parte de su poder perturbador.
La puesta en escena de Braid abraza sin pudor el exceso: lo dramático, lo barroco y lo decadente se convierten en una extensión natural del mundo interior de sus protagonistas. La cámara no observa desde fuera, sino que parece perderse junto a ellas dentro del juego, contaminada por su imaginación y sus reglas cambiantes. Cada encuadre, cada color saturado y cada gesto exagerado responde más a un estado emocional que a una lógica realista, como si la película misma aceptara ser absorbida por ese universo mental sin buscar una salida racional.
Las influencias son claras pero nunca miméticas. Hay ecos de Kubrick , La naranja mecánica y El resplandor, en el uso de la simetría, la perspectiva frontal y la sensación de espacios cerrados que se repliegan sobre sí mismos. También resuenan Funny Games en su crueldad lúdica. Más que citas directas, Braid funciona como un cruce de sensibilidades: cine europeo, psicodrama y terror existencial fundidos en una experiencia sensorial.
Uno de los aspectos más singulares del film es su mirada profundamente femenina, no entendida como un manifiesto explícito, sino como una forma distinta de construir personajes y conflicto. Las protagonistas existen al margen de cualquier eje masculino tradicional: no son objetos de deseo, ni intereses románticos, ni extensiones narrativas de un hombre. Son individuos completos, egoístas, violentos y contradictorios, consumidos por sus propios impulsos. Incluso las figuras masculinas quedan relegadas a roles secundarios, simbólicos o directamente imaginarios, reforzando la idea de que el verdadero conflicto nace y muere dentro de ellas mismas.
En este sentido, Braid se alinea con una corriente de cine de género contemporáneo dirigido por mujeres que desmonta el tópico de que el horror es un territorio masculino. Lejos de eso, la película demuestra cómo el terror puede surgir de la empatía extrema, de la imaginación desbordada y de la experiencia cotidiana del miedo. El resultado es una obra que no busca comodidad ni claridad, sino inmersión total: un descenso hipnótico a un espacio donde juego, trauma y fantasía se entrelazan hasta volverse indistinguibles.
Narrativamente, la película no busca comodidad ni explicaciones claras. Braid es deliberadamente ambigua, incómoda y exigente. Sus personajes no son heroínas tradicionales: son egoístas, vulnerables, violentas y contradictorias, atrapadas entre el deseo de libertad y el miedo a enfrentarse al mundo real. El dinero que buscan no es solo material, sino una excusa para no crecer, para permanecer encerradas en una fantasía infantil que, como advierte la película, puede ser tan protectora como destructiva. Peirone plantea así una tesis inquietante: los sueños pueden salvarnos, pero también pueden matarnos si nos negamos a actuar.
Uno de los grandes logros de Braid es su apartado visual, tan deslumbrante como desestabilizador. La directora, junto al director de fotografía Todd Van Huls, construye una puesta en escena barroca, excesiva y altamente simbólica, inspirada tanto en Caravaggio como en el cine psicodélico. El uso expresivo del color, el blanco y negro, los espejos y los encuadres fragmentados refuerza la sensación de identidades rotas y realidades superpuestas. La cámara se mueve con nervio, la edición es agresiva y la música electrónica subraya el estado mental alterado de las protagonistas, haciendo que el espectador experimente la historia más con el cuerpo que con la lógica.
La formación teatral de Mitzi Peirone marca de forma decisiva su manera de dirigir. Acostumbrada a pensar desde el punto de vista del intérprete, concibe el rodaje como un espacio de colaboración consciente donde las actrices no son meros instrumentos, sino participantes activas del lenguaje cinematográfico. En Braid, esta filosofía se traduce en interpretaciones extremadamente físicas y moduladas, donde la conciencia del encuadre, el movimiento de cámara y la puesta en escena influyen directamente en la expresión corporal y emocional de los personajes. Lejos de ocultar el artificio, Peirone lo integra en la actuación, reforzando así la naturaleza teatral y performativa del relato.
Otro aspecto fundamental en la construcción de Braid es su complejo proceso de montaje, concebido como una experiencia sensorial fragmentada y agotadora, casi tan intensa como el propio rodaje. Peirone explica que la película podía haberse reordenado de múltiples maneras debido a su juego constante con el tiempo y la percepción: el relato podría haber comenzado o terminado en distintos puntos sin perder coherencia interna. Sin embargo, fue en la sala de edición donde la montadora Maya encontró el equilibrio definitivo, apostando por un ritmo deliberadamente caótico, casi esquizofrénico, que avanza “latido a latido” y refuerza el estado mental alterado de los personajes. El resultado final, lejos de ser accidental, responde exactamente a la visión original de la directora, algo poco habitual , y especialmente significativo, tratándose de una ópera prima.
La película rehúye deliberadamente una experiencia pasiva del espectador. Su estructura fragmentada, circular y ambigua obliga a una implicación constante, planteando la narración como un enigma que no se resuelve del todo, sino que se reconfigura con cada visionado. Braid funciona como un acertijo visual y emocional que invita a volver al inicio una vez alcanzado el final, no para obtener respuestas cerradas, sino para detectar pistas, ecos y resonancias que cobran nuevos significados. Esta voluntad de incomodidad conecta el film con la tradición de la tragedia clásica, entendida como un proceso de catarsis más que como simple entretenimiento.
Peirone concibe el cine como un territorio cercano al sueño, no solo por su lógica interna, sino por su capacidad de ser revisitado. A diferencia del sueño nocturno, la película permite regresar a ese estado alterado una y otra vez, aunque nunca de la misma forma. Braid se articula así como una experiencia onírica consciente, donde el espectador lucha por imponer una lógica racional a un universo que se rige por emociones, traumas y deseos reprimidos. La fricción entre lo que se ve y lo que se intenta comprender forma parte esencial de su propuesta.
Los personajes femeninos que habitan este universo se sitúan en una zona moral ambigua, excesiva y provocadora. Son figuras dominadas por el deseo, la fantasía y una necesidad desesperada de control, capaces de cometer actos extremos sin medir consecuencias. Peirone los construye como villanos carismáticos, tan peligrosos como seductores, cuya intensidad vital resulta contagiosa. Esa “borrachera de vida” , decadente, barroca y destructiva, permite al espectador experimentar, de forma vicaria, impulsos que normalmente permanecen reprimidos.
En el fondo, Braid plantea una revisión radical del viaje del héroe. No hay aprendizaje definitivo ni regreso triunfal, sino un descenso continuo a un bucle psicológico del que resulta casi imposible escapar. Los problemas no se superan: se repiten, se deforman y se filtran en la realidad cotidiana, igual que los sueños contaminan la vigilia. Esta estructura en espiral conecta la ficción con una experiencia vital reconocible, donde el crecimiento personal no es lineal ni concluyente, sino frágil y reincidente.
En ese sentido, Braid funciona menos como una película de terror al uso y más como un manifiesto filosófico disfrazado de pesadilla, donde cada elemento , vestuario, decorados, interpretaciones exageradas, violencia estilizada, responde a una lógica simbólica. No es un film para todos los públicos ni para quien busque respuestas claras o sustos fáciles, pero sí una experiencia poderosa para el espectador dispuesto a dejarse arrastrar por su lógica onírica y perturbadora.
Finalmente, el propio proceso creativo de Braid refuerza su discurso. Concebida como un acto de supervivencia personal y realizada al margen de los circuitos tradicionales de financiación, la película nace de una necesidad urgente de imaginar otros mundos posibles. Peirone entiende el cine como un acto de fe y exploración, una travesía hacia lo desconocido que solo cobra sentido cuando otros deciden compartir esa visión. Más que un producto cerrado, Braid se ofrece como un espacio de encuentro: para quienes se reconocen en su caos, su extrañeza y su voluntad de mirar de frente las zonas más oscuras , y humanas, de la mente.
Mirando más allá de Braid, Peirone ha manifestado un claro interés por seguir explorando relatos de encierro, control y colapso psicológico, esta vez desde la ciencia ficción. Su próximo proyecto, Terms, se sitúa en un futuro donde la tecnología ha sido implantada directamente en el cerebro humano para regular emociones, impulsos y estados químicos, creando una sociedad aparentemente perfecta y estable. Cuando este sistema falla de forma catastrófica, la historia se concentra , una vez más, en un pequeño grupo de supervivientes atrapados en un espacio cerrado, obligados a enfrentarse a una verdad incómoda sobre el precio de la armonía artificial. La cineasta vuelve así a insistir en sus grandes obsesiones: la identidad, la ilusión de control y la pregunta esencial que atraviesa toda su obra, qué queda de la humanidad cuando la realidad, las emociones y los sueños pueden ser manipulados o editados como una imagen digital.
Dentro de la nueva colección de cine fantástico y de acción en Blu-ray impulsada por YouPlanet y Research Entertainment, Braid (Juegos perversos) destaca como una apuesta arriesgada, autoral y coherente con una línea editorial que busca títulos distintos, incómodos y con personalidad propia. Una ópera prima valiente, excesiva y profundamente personal, que confirma que el terror contemporáneo sigue siendo un terreno fértil para explorar las zonas más oscuras de la mente humana.
Juegos Perversos [Blu-ray] (2018) Braid
Madeline Brewer (Actor), Scott Cohen (Actor), Mitzi Peirone (Director)
Dos mujeres que huyen de la ley deciden robar a una adinerada y psicótica amiga, una mujer que parece seguir inmersa en el mundo de fantasía que ellas crearon cuando eran jóvenes. Sin embargo, cuando ésta se da cuenta de lo que tratan sus amigas, decide someterlas a una prueba: les dará el dinero si participan en un juego mortal que lleva años ideando.
Detalles del producto
Relación de aspecto : 2.35:1
Clasificado : No recomendada para menores de 16 años
Dimensiones del paquete : 12 x 10 x 2 cm; 120 g
Director : Mitzi Peirone
Formato multimedia : Blu-ray
Tiempo de ejecución : 1 hora y 22 minutos
Fecha de lanzamiento : 7 enero 2026
Actores : Brad Calcaterra, Imogen Waterhouse, Madeline Brewer, Sarah Hay, Scott Cohen
Estudio : research
ASIN : B0G4D4XDDP
País de origen : España



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